Existe una forma muy tóxica de pensar, llamada “todo o nada”. Este estilo de pensamiento se caracteriza por ver las cosas rígidamente, en dos categorías dicotómicas: blanco o negro, bueno o malo, por ejemplo.

Claro está que no nos referimos aquí a cuestiones morales, sino psicológicas. Es decir, no se trata de un regateo acerca de qué sea lo malo o qué lo bueno, en el ámbito moral; es una manera rígida de ver las cosas que afecta la salud psicológica.

Por ejemplo, si decimos que el piso de una sala está limpio, ¿significa eso realmente que no hay una sola partícula de polvo en toda su superficie? Claro que no, ya que eso no es posible. Pero el estilo de pensamiento “todo o nada” tiende a ver las cosas de una forma extrema, absolutista e incompatible con las categorías reales de la vida. Por esta forma de pensar, cuesta demasiado aceptar que algo esté bien hecho, o completo, si no está “perfecto”. Y aquí salta a la vista que este estilo de pensamiento es típico de una personalidad con rasgos perfeccionistas.

Quien ve las cosas de esta manera vive bajo una frustración constante, debido a la insatisfacción que experimenta por no alcanzar sus “ideales”. Sin duda que es importante tener ideales, pero para crecer, para extendernos a algo siempre mejor; no para vivir frustrados por no alcanzarlos de una manera absoluta, ni para vivir en la disconformidad crónica sintiendo que las cosas nunca están lo suficientemente bien ni son lo suficientemente buenas. Esta forma de pensar y de sentir es realmente tóxica y, por lo tanto, nos enferma.

Las cosas en la vida real no pueden clasificarse mediante una forma absoluta de “todo/nada”: solo Dios es perfecto. Es maravilloso el concepto bíblico de perfección, con respecto al ser humano. Lo encontramos, por ejemplo, en San Mateo 5:48: “Sean perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Aquí, la palabra original para “perfecto” es el término griego téleios (τέλειος), que tiene el sentido de algo que está completo, o maduro, según su etapa de desarrollo. Es decir, cuando Jesús nos exhorta a ser perfectos como nuestro Padre celestial lo es, se está refiriendo a que en nuestra realidad, en nuestra esfera, seamos completos, así como Dios es completo en su esfera.

Pero únicamente Dios es Dios, y la perfección absoluta solo es posible para él (¿Habrá algo de omnipotencia, de querer jugar a ser Dios, en el perfeccionismo?).

Por lo tanto, ser perfectos, según el concepto bíblico, implica hacer lo mejor que podamos dentro de nuestras sinceras posibilidades; dar lo mejor de nosotros, aceptando con humildad nuestras limitaciones; alcanzar la madurez del que ha crecido, del que se ha entregado a un proceso. Sí, hablamos de proceso, ya que este es un concepto clave para superar el pensamiento rígido de “todo o nada”.

La forma “blanco o negro” de conceptuar la realidad no reconoce la importancia de los “grises”, que forman parte necesaria de los procesos de la vida. Quien ve las cosas de manera rígida no reconocerá que el gris es parte del desarrollo hacia la madurez, y tenderá a descartar, o ser intolerante, con aquello que no satisface sus expectativas en ese momento.

Así, estará interrumpiendo el desarrollo de algún aspecto en su vida, o en la de los demás, por falta de aceptación de lo que todavía no está “perfecto” (maduro). Al sentir que lo que logra no es lo suficientemente bueno, o que los demás no colman sus expectativas, deja de ver el potencial de crecimiento que tiene y que tienen sus prójimos. De esta manera, deja de crecer y no permite crecer a los demás.

¡Qué maravilloso es reconocer, en cambio, que estamos recorriendo un camino! Que no es necesario que cada paso sea “perfecto”, sino que lo demos haciendo lo mejor posible, confiando en Dios, dejando los resultados en sus manos, valorando y agradeciendo cada momento. Porque cada momento es parte de un proceso y entonces está bien, es perfecto en su tiempo, en su lugar. “Porque la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento, hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18).

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