El derecho del trabajador

Para disminuir el agotamiento y conducirnos a la realización personal. Pablo trabaja demasiado. Es conductor de un ómnibus, sale de la casa a las cuatro de la mañana a fin de enfrentar un tránsito difícil. Mónica es profesora, da 38 clases por semana en una escuela problemática. Roger administra una pequeña empresa de exportaciones y llega a trabajar 17 horas por día. Así como ellos, millones de personas en todo el mundo sufren con las presiones del trabajo y buscan alivio. Antes se pensaba que los avances tecnológicos proporcionarían una vida más tranquila a las personas. Sin embargo, lo que se ve es exactamente lo contrario. Nos levantamos más temprano y nos vamos a dormir más tarde. Llevamos tareas a la casa y llevamos el celular aun hasta el baño. Corremos el riesgo de tener una agenda llena, pero un corazón vacío. El resultado de esas carreras solamente puede traer dolores, ansiedad y agotamiento. Los investigadores han identificado diferentes enfermedades relacionadas con el exceso de trabajo. Estrés, abatimiento, depresión y burnout son solamente algunos de los nombres, pero también existen las llamadas enfermedades ocupacionales, cuya amenaza se puede potenciar en los casos de trabajo excesivo. Tales complicaciones tienen en común el poder de aprisionar al individuo. La persona afectada pierde, poco a poco, la capacidad de desarrollar tareas simples y de comunicarse normalmente. Por lo tanto, cuando no se las toma en serio, las enfermedades del trabajo incapacitan a las personas para desempeñar su profesión y para vivir. Antes de que suceda lo peor, necesitamos recordar que no somos máquinas. No somos esclavos de nadie, ni de nosotros mismos. Podemos evitar que nuestro cuerpo se perjudique irreversiblemente. Necesitamos recordar y vivir estas verdades tan claras. Ciertamente, fue por eso que Dios usó el verbo acordarse, en los Diez Mandamientos: “Acuérdate del sábado para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales” (Éxodo 20:8-10). El mandamiento nos ordena contemplar al Creador y recordar que somos seres finitos, necesitados de un descanso semanal, ya preparado por él, para nuestro bien. El descanso en el día sábado es un derecho universal que está asegurado, no por las leyes humanas, sino en la “Constitución Divina”; sin embargo, pocas personas saben esto. Los trabajadores de las fábricas o

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de las oficinas, las amas de casa o las ejecutivas, los funcionarios públicos o voluntarios de ONG, los estudiantes, los agricultores, los profesionales de la salud, los niños, y hasta los animales de carga tienen el derecho de descansar durante el sábado. El Señor Jesús mismo afirmó: “El sábado se hizo para el hombre” (S. Marcos 2:27). El sábado fue reservado por Dios a fin de recordarle a los israelitas que habían sido libertados de la esclavitud de Egipto (Deuteronomio 5:15). También fue durante el sábado que Cristo descansó de su obra redentora. Por lo tanto, el séptimo día está envuelto con un aura de libertad, y descansar en él significa decirle al mundo que somos libres en todos los sentidos. Durante el sábado, la dimensión de esa libertad llega al nivel de los pensamientos (Isaías 58:13, 14). Este día de esperanza, para el cansado trabajador, también es el secreto de la realización personal. Ser exitoso no requiere, necesariamente, trabajar los siete días de la semana hasta quemar las reservas físicas y emocionales. Millones de personas ya lo hicieron y, desde la cumbre del mundo llegaron al fondo del pozo. Por lo tanto, a fin de alcanzar el verdadero éxito, necesitamos un tiempo sagrado para recuperar las energías y “ajustar el foco”. Trabajaremos con inteligencia durante seis días y rendiremos más que si trabajáramos siete días mal trabajados. Mucho más que una cuestión de productividad, encontraremos, junto al Creador, el sentido para nuestro trabajo cotidiano.–Diogo Cavalcanti.

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